Palmera

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Palmera con Peñón

viernes, junio 11

Paco Umbral

 Me gustó comer de vez en cuando con él.Ser una de sus musas en aquél Madrid de los 80 y 90. Su mujer María España es una de las mejores fotógrafas de este país.Recuerdo que este artículo me sentómal al principio y le contesté con otra carta abierta en EL MUNDO. Estaba algo dolido conmigo porque no hacía yo ya una gran vida social, ni me interesaba demasiado. Además no había asistido a la presentación de un libro suyo.
  Su muerte me pilló en Altea.Y le escribí un IN MEMORIAM en el periódico LEVANTE de Valencia. Le recordaré como amigo que confió muchisimo en mí como escritora, que me animaba a seguir siendo articulista .Le recuerdo bien.Muy bien.




FRANCISCO UMBRAL



Se manifestó Virginia Mataix con el nuevo cine joven español de la democracia. Yo creo que le falta locura para chica/Almodóvar, pero hacía muy buena monja en la Canción de cuna de Garci. Virginia Mataix es una actriz y una mujer serena, clara y profunda, sonriente y fija, a quien no han dado aún su papel de señora normal, cotidiana, lúcida, de gran actriz. Dijo Laforgue que «la mujer es un ser usual». Virginia es un ser usual. Pero usualmente genial.





Se me había perdido la Mataix en los placeres y los días, pero ahora vuelve a la actualidad (política, no artística) con una frase que me ha dejado de piedra pómez: «Con la tensión que hay, sería mejor no hacer más indagaciones». Aquella dulce progre de hace unos años, cuando vivía en La Vaguada (cuando había Vaguada), se ha pasado al «borrón y cuenta nueva» de Fraga. Virginia, como tantas otras y otros de la progresía artística, del rojerío feminista, está sin duda haciendo arte de Ministerio, a la sombra de la ministra Alborch, una cosa entre valenciana y alpargatera. No se entiende de otro modo esta amnistía entreguista que le concede al PSOE y al Gobierno, porque ella era aquella columnista dura y aguda, llena de obstinación femenina por la verdad, la justicia, la claridad y el decoro. Claro que tías más altas han caído, todas las que ahora se echan de menos en el rojerío de Julio Anguita. Este nuevo engagement de nuestra cultura más joven es penoso en sí, pero más penoso cuando canta en una mujer que para uno era como una capitular esbelta y ejemplar en el códice novísimo de la modernidad y el progreso.



Virginia hacía en el Diario 16 de Pedro J. Ramírez esos artículos que digo, llenos de dulce intransigencia y cruel verdad. Uno amaba en ella el relámpago lento de su risa, la salud intelectual de su mirada, el apóstrofe sencillo de su voz popular. Y ahora, de pronto, un día cualquiera, sale pidiendo silencio, olvido, indiferencia para los delincuentes políticos y financieros. Ya no quiere llegar hasta el final, como antaño. Prefiere transigir por aliviar la tensión, o sea que se adhiere al Orden, el gran argumento reaccionario de la derechona y de Fraga. Al borrón y cuenta nueva. Virginia Mataix, como tantas y tantos, ya digo, se conoce que vive y trabaja (nada sé ahora de ella) al costado caliente del Poder, en la galaxia tibia y habitable de la intelectualidad convencional y del régimen, y, como tiene el talento compravendido, habla de aliviar tensiones y parar las indagaciones, como las maripuris de lujo y las marujonas de orden. Claro que la Mataix, no demasiado relevante, sólo es un síntoma, un signo, un dato en la semiótica de los cristianos nuevos y rojos conversos a la neoburguesía felipista. Hay un centón de artistas, escritores, creadores, poetas, actores, cineastas, pintores y demás canalla de nocturnas aves (que fueron mi mundo), acogidos a las granjas avícolas y apícolas del Gobierno y sus ministerios, donde rige la «ley del picoteo», ya formulada por Piaget, por Paulov, por cualquiera. El caso general nos es tan conocido e indiferente como la niebla de estos días, pero cuando despunta el conato de un viejo camarada, de una joven amiga, le duele a uno el infarto político y se le saltan las lágrimas duras y civiles de la decepción y la desolación, que es más cuando nos cae cerca.



«Con la tensión que hay sería mejor no hacer más indagaciones». Suena a marquesona macho de Embassy. Suena, peor que a Fraga, a Naseiro. Pero lo ha dicho Virginia Mataix, una de las finas y firmes doncellas de aquella progresía. Uno la sigue admirando como mujer y actriz clarisapiente y dulcísima, pero que relea, por favor, sus viejos artículos de Diario 16.










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