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viernes, julio 30

Descortesia en los aeropuertos




Graphic by Gerard Paardekam

articulo publicado en Levante 22 julio 2010


Decidirse a viajar en avión se me hace una aventura nada grata. Es desagradable embarcarse en semejante lío aereo que suele comenzar desde que reservas el billete de vuelo desde una compañía, en principio, de bajo coste, en un final, se van añadiendo cargos por maleta, por seguro, tasas de no se qué, el impuesto de la agencia, el descuento de la agencia, el no sé qué de no sé cuántos: suman un total de unos 80 euros más de lo que te anuncian. Es más, tienes que leer tanta cosa que al final dan ganas de pagar lo que sea con tal de terminar la operación de compra. Bueno, ya se ha abonado por tarjeta de crédito que te desglosarán en la cuenta. Se relaja una y se tira a la bartola delante del aire acondicionado.
Llega la fecha de traslado al aeropuerto de Manises, que está cerca, alabado sea el santísimo, y en obras perpetuas. Traspasas las puertas de cristal, no sin antes apreciar la fila de fumadores compulsivos alrededor de un portentoso cenicero apurando caladas, pienso que, por la prohibición. Huele más a humo de tabaco fuera que dentro. Y empieza el espectáculo, una cola gigantesca ante el «checking». Se ha reducido el personal. Cuando parece que te toca el altavoz pregona el retraso del vuelo en siete horas. No te convidan ni a una botellita de agua mineral. Ha de ser un retraso de 24 horas mínimo para que te abonen hotel y comida, si no: ajo y agua, sin ninguna sonrisa amable de la azafata de tierra.
Lo cortés no quita lo caliente, y aprecio la dificultad para sonreír o para la amabilidad en el personal. Sonría, por favor, no es pecado. La educación cívica incluye una risa cortés para con el cliente, que no tiene la culpa de nada.
Entonces viene el triple mortal, Deo gratia, el aeropuerto es aún pequeño pero has de retomar una cola donde te despojarás de pulseras, objetos metálicos, sombreros, zapatos, no sigo, porque me recuerda a un striptease sin entusiasmo, rutinario de los pasajeros por si guardamos algo que violente el trayecto, digo yo. Parece ser que todos somos presuntos terroristas o contrabandistas... lo entiendo, lo asumo... pero considero que el tren o el autocar pudieran haber llegado antes.

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