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martes, junio 26

J.L. Galiardo, Muere una fuerza de la naturaleza, artículo


J.L. Galiardo: muere una fuerza de la naturaleza

 03:09   
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VIRGINIA MATAIX Tomaba asiento junto al conductor del rodaje Para Elisa. Declamaba por los codos y de vez en cuando se giraba hacia mí, recostada atrás, para corroborar que prestaba toda mi atención al torbellino de palabras que fluían, con pausa correspondiente, sobre pasado, presente y futuro; sobre todo eran reflexiones, en su vozarrón, acerca del psicoanálisis freudiano y sus experiencias interpretativas. El coche se detenía primero en su domicilio, se incorporaba jovial, salía y se despedía de mí, sacando un billete de cinco mil pesetas, con la misma pregunta de cada itinerario: "¿Cuáles son sus honorarios, señora Mataix?". Yo sonreía, y él, con tono aún más de barítono, se alejaba afirmando: "Oye, que por escuchar como tú, se cobra una pasta ¿eh? Piénsatelo para la próxima". Más adelante, en Oviedo, a eso de las nueve de la noche, yo me recogía en el hotel, agotada por los justillos, enaguas, faldas, sobrefaldas y tres pelucas en la cabeza, mientras Galiardo, en La Regenta, acompañado de un actor más joven y en chándal, corría en plan footing por las calles de la Vetusta de Clarín. Juan Luis era una fuerza de la naturaleza, un huracán, y lo manifestaba actuando, produciendo, conquistando a las mujeres más guapas, en familia y con sus amigos. Era tal la energía vital que desbordaba en la escena, en la pantalla o plantificándose en las acampadas del 15M con su hijo, que nos colocaba al resto de los humanos en la posición irremediable de escucharle boquiabiertos. Poseía el magnetismo y la belleza del que un día fue galán, bien cuidada, mezclada con la altura, no solo física, si no con la de encandilar y llevarse al huerto a cualquiera que estuviera en su presencia. Ya fuera con el Chepa de Turno de oficio, dirigida por Mercero, con El Quijote, de Manuel Gutiérrez Aragón, o en su último personaje, Harpagón, en El Avaro de Molière. Las crisis depresivas, que nunca ocultó, le sobrevinieron tras ser el guaperas canalla de las típicas españoladas/cutre-franquistas, en los 60 y 70, y después de una larga estancia mexicana de culebrón y mejor teatro en compañía de María Luisa Merlo. Se despreciaba a sí mismo y a los demás, no quería vivir y le recomendaron el diván de un psicoanalista en Nueva York. Allí, como solía contar, se reconcilió consigo mismo, aprendió la humildad y dejó de jugarse lo que no tenía al póquer. Se reconstruyó como persona y alumbró un actor maduro, desde su parte oscura, loca, divina y humana. Fue nuestro Vitorio Gassman. Maestro y alumno. No creo que le haya hecho mucha gracia morirse tan joven y más cuando no fumaba, ni bebía y más contento estaba de conocerse, de implicarse en sus obras, en contra del bipartidismo PPSOE y de esta clase de ricos insaciables y corruptos que tenemos como gobernantes. Qué mal nos mienten, Juan Luis. Ni siquiera tienen el don de la palabra apropiada. Por no tener, no tienen la gallardía de dimitir en pleno. Te honraremos como a los dioses de la escena.

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