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sábado, septiembre 29

Artículo Levante: Carrillo se fue a por tabaco...


Carrillo se fue a por tabaco muy lejos

Virginia Mataix

 05:30  
La pintada la leí en un muro próximo a Talamanca del Jarama. Rezaba: «Vamos a matar al cerdo
 de Carrillo».
 Y debajo, en letras rojas: «Cuidado Carrillo, te quieren matar al cerdo». Las protestas de sectores
 de la ultraderecha por la vuelta de Santiago Carrillo en 1976 a Madrid gastaban estas frases contra un
 hombre que había dedicado su vida al Partido Comunista de España dentro y exiliado de este país.
 Ser comunista, según sus palabras, era dar la vida por las personas que pertenecían a las clases
 trabajadoras, sin esperar la recompensa coranista o católica, de un terreno en el cielo a cambio. Para mí, que pertenezco a una generación de estudiantes de los años setenta, que o estábamos en la calle manifestándonos en contra del régimen o estábamos en reuniones o asambleas para pelear en contra los últimos coletazos del franquismo, Carrillo era la esperanza de terminar con todo lo que permaneció congelado y anulado por una dictadura,
 que ni él mismo imaginó tan larga. Y se topó, cuando regresó, con todo un ejército que le guardaba un odio descomunal y dispuesto a desafiarle para que no se llevara demasiados votos en las primeras elecciones generales en España después de más de cuarenta años sin ellas. La atmósfera que trenzaron alrededor de Carrillo fue la del «coco comunista y masón».
Sin embargo, para los vencidos, estudiantes y algunos sectores de las clases populares, Carrillo era un líder lúcido, sabio, gran humanista y capaz de llevar a una nación rota hacia la recuperación de una paz real,
 una democracia y un orgullo como país. Nadie como él peleó por la reconciliación entre los españoles porque nadie como él había vivido la crueldad y la barbarie hasta los últimos momentos de la victoria nacional, cuando marcha hasta Cataluña para reclutar a los vencidos y huir a pie hacia Francia. Y fue en el exilio donde comenzó
 a rumiar su concepción de un partido comunista diferente, que no fuera monolítico, ni dogmático, ni intolerante. Que acogiera a todas las corrientes de la izquierda. Algo que le costó su autoexpulsión del PC, aunque él se considerase siempre un comunista.
Santiago Carrillo se marchó a por tabaco muy lejos durante la hora de la siesta y de momento no ha vuelto. Seguramente el humo fue el más exquisito de los consuelos para sus pulmones y en él se transformaba en oxígeno de la mejor calidad para compensarle de las dentelladas agrias de algunos camaradas, de su padre, de una derecha que le tenía que recordar lo de Paracuellos del Jarama, a la que él solía replicar con la pregunta siguiente: «Y si hubiera sido el responsable, ¿no he purgado ya con cuarenta años de exilio?».
Me quedo con el Santiago Carrillo de la entrevista de La sexta columna, el que dijo que este gobierno, si tensaba más la cuerda, se podría encontrar con un estallido social de increíbles dimensiones porque estaba aplicando unas medidas de una gran brutalidad que habían conducido a todas las clases sociales a la pobreza y a la indignidad. Pero, sobre todo confiaba en la unión de toda la izquierda y movimientos sociales. Su final fue esa sonrisa entrañable, cómplice, serena... abrazando a tod@s quienes le queríamos. 

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