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sábado, mayo 11

ALFREDO LANDA, mi AITÁ, IN MEMORIAM en prensa



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Alfredo Landa, mi aitá

11.05.2013 | 06:05
Alfredo Landa, mi aitá
Alfredo Landa, mi aitá
Fue mi aitá en la película «Bandera negra» que dirigió Pedro Olea. Sin embargo, fue Juan Antonio Bardem quien me lo presentó en mi debut, mudo, cinematográfico «El puente», una historia que aprovechaba el tirón de Alfredo como cateto, españolito hortera, de aquel cine franquista, mediocre denominado «la españolada», para convertirle en un mecánico de taller de coches que decide ir con su moto a ligar a Marbella y se va encontrando con una España llena de indignación y miseria en el año 1976. El landista se transformó en un obrero concienciado que cuando regresa a su taller se apunta a un sindicato de clase. Luego llegaron películas de mucha enjundia para él como «Los santos inocentes» de Camus o «El Bosque animado» de José Luis Cuerda, donde pudo mostrar la complejidad de personajes, que hasta entonces, no se lo había permitido la mediocre y grisácea cuadrilla del celuloide nacional. Aunque a él poco le importaba ser el creador de el landismo o no. Bastante había tenido con abordar diferentes lados de una profesión muy ingrata. Había sido un gran doblador (se doblaba a sí mismo de espaldas y me enseñó a hacerlo conmigo misma) y había hecho mucho teatro antes de ser el vecino del quinto. Pero para mí fue un buen maestro y amigo durante el azaroso rodaje de «Bandera negra» en Guinea Ecuatorial. Nos alojamos en un hotel en ruinas, sin agua, con chinches en los colchones que quemábamos con un mechero antes de irnos a dormir, comíamos unos engrudos de arroz con no sé qué clase de bichos y los domingos, cuando teníamos el día libre los cooperantes españoles nos dejaban bañarnos a todo el equipo en la piscina de agua marrón llena de hojas que nos sabía a gloria. A mí me daba algún que otro ataque de nervios por una araña «viuda negra» que tenía apalancada en una esquina del techo y Alfredo se sacudía a cada rato las orejas por su aversión a las serpientes. Y paliábamos nuestras fobias con humor negro. En algún tiempo libre paseábamos por un Malabo abandonado a las mafias y a las tribus que se sucedían en el poder en 1986. Salimos a golpe de rifles en la madrugada de un domingo por los golpistas contra el presidente Enguena. Los mismos que nos habían ayudado durante el rodaje nos trataron como enemigos. Alfredo, que tenía un genio bien puesto y no dejaba que nadie se le subiera a la chepa, me miró y me indicó con aquellos ojos que lo decían todo que callara como él, que no reaccionara. Desde entonces fue mi aitá, con el permiso de sus hijos y Maite, su mujer. Porque a él poco le gustaban las ceremonias sociales del artisteo. Era actor, hacía su faena y se iba a su casa a descansar. Descansa en paz, aitá.

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