Mariela Michelena: "Huimos del dolor como si fuera contagioso"



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  • Para curar las heridas de una ruptura amorosa no hay atajos, dice la autora de 'Me cuesta tanto olvidarte': o se atraviesa el desierto o no se deja de llorar jamás.

El libro que acaba de publicar la psicoanalista Mariela Michelena se llama como la canción que fue el himno de las penas de amor de toda una generación de españoles. Esa célebre pieza de Mecano que da nombre a 'Me cuesta tanto olvidarte' (La Esfera de los Libros, 18 €) es, en realidad, un bolero moderno. Rezuma la añoranza de los clásicos, que la autora utiliza como brújulas de lo que define como "un mapa del duelo tras la ruptura amorosa", hilvanado a través de innumerables testimonios reales. Gracias a este mapa descubrimos por qué hay mujeres divorciadas que siguen criticando a su ex con vehemencia años después de la ruptura, y chicas que fantasean con volver con el novio que las dejó, a pesar de que ya está casado o era homosexual. O, por qué, un día, de pronto, ante un detalle nimio, alguien rompe a llorar desconsoladamente. Es "el efecto 10 minutos", el llanto por una pérdida antigua que no se cerró.

Por eso, 'Me cuesta tanto olvidarte', aunque nace en respuesta al sufrimiento de muchas mujeres, no es un libro solo para mujeres: es una reflexión didáctica, entretenida y llena de sentido del humor sobre la pérdida y cómo sobrellevarla. "Muchas de las cosas que describo en él ocurren con una muerte o con una enfermedad", explica esta psicoanalista de origen venezolano, afincada en España desde hace 30 años, donde se formó como profesional. Michelena es autora también de 'Mujeres malqueridas' y de 'Anoche soñé que tenía pechos', un crudo testimonio personal sobre su experiencia con el cáncer. "En 'Mujeres malqueridas', yo les decía a mis lectoras que quizá era más sano romper con una relación que las hacía sufrir" –explica la psicoanalista–. "Recibí cientos de correos y recuerdo especialmente uno que decía: "Muy bien, entiendo todo lo que explicas. Ahora dime cómo puedo dejar de llorar". En el caso de 'Me cuesta tanto olvidarte' no es simplemente un libro optimista, tampoco dice "adelante, tú puedes con ello, olvídalo ya". La autora se sienta al lado de su lector para explicarle por qué siente lo que siente y para acompañarle en su pena. En su adiós".

Mujer Hoy. ¿Qué es lo primero que encontramos al abrir este mapa?
Mariela Michelena. En un proceso de duelo, lo importante es atravesar cada paso, no quedarse estancado ni en la negación, ni en la rabia, ni en el resentimiento, porque son maneras de seguir atado al pasado. No puedes saltarte nada. No hay caminos cortos. No estoy de acuerdo con esa visión moderna de una vida sin sufrimiento, en la que parece que hay una pastilla para cada cosa, y solo tenemos derechos. Hay una burbuja emocional que nos explota en las manos cuando se nos muere alguien o cuando alguien nos deja o no cumple con nuestras expectativas.

¿Tenemos una mala educación sentimental? ¿Deberíamos aprender qué podemos esperar de una pareja, qué pedirle y qué no?
Son preguntas que debemos plantearnos. Las patologías de ahora son patologías de exceso: la drogadicción, la bulimia, la obesidad. Le exigimos a la vida cosas que no tiene por qué darnos y, a nosotros mismos, una felicidad a la que no tenemos por qué estar abocados. No se trata de que tengamos que estar tristes y llorando todo el día, pero la vida es dura y difícil. Por ejemplo, se posterga mucho la maternidad. Nos decimos: ya tengo la carrera, el master, el trabajo, los idiomas, y estoy preparada y me he leído todos los libros posibles para ser la madre perfecta, por tanto mi hijo tiene que ser perfecto. ¿Cómo se le puede ocurrir no dormir de noche? Hay una exigencia de perfección y una ilusión de omnipotencia. Eso genera un sentimiento de perplejidad y de culpa. La mayoría de los libros de autoayuda te dicen: solo con que te lo propongas, con que pienses en positivo, con que hagas estas cuatro cosas, lo conseguirás… Pero no es verdad. Entonces la gente, además de triste se siente tonta. Por eso, un duelo es una piedra en el zapato. "Si yo elegí al hombre perfecto, ¿por qué me deja por otra?" –nos decimos– "¿Si estoy tan enamorada, por qué tengo un amante?" Pues porque las pasiones no han hecho el doctorado que tú hiciste.

¿Cree que vivir el duelo por la ruptura y aceptarlo es un signo de salud emocional?
Sin duda. Y a la inversa, el no aceptarlo, puede ser un signo de que hay algo que debes analizar, que va más allá de esa relación. Desde fuera, cuando vemos que una persona está sufriendo de manera intensa, decimos: “Pero, ¿por qué te pones así, si no es para tanto, si solo es un hombre?”. Pues porque nadie es solamente un hombre y con él se están yendo un montón de cosas. Esa persona se lleva la ilusión que tú tenías, tu historia infantil, tus planes de futuro. Desde esta visión optimista y omnipotente que he mencionado, el que sufre parece que se está equivocando, pero, desde el punto de vista psicoanalítico, el que es capaz de sufrir está mejor que el que no. No sufre un duelo el que quiere, sino el que puede. Cuando alguien se siente muy frágil, no se atreve a pasar por el duelo. O lo niega o se queda enganchado a la queja. Y la queja acompaña, porque lo terrible es enfrentarse con el vacío, con un agujero.

¿Sufren igual hombres y mujeres?
Somos distintos. Por ejemplo, es fácil que una mujer se separe porque no está satisfecha y quiere estar mejor en su vida. A tumba abierta, sin otra persona en el horizonte, para quedarse sola, con toda la incertidumbre a cuestas. Un hombre es mucho más difícil que haga eso. Se separa cuando ya tiene otra persona. De alguna manera, son más infantiles, más dependientes, necesitan más que nosotras que alguien los cuide. Y luego, las mujeres, en general, tenemos una disposición al sufrimiento que yo creo que tiene que ver con la cuestión de la maternidad.

¿Ellos son simplemente más pragmáticos?
Pero también tienen otra manera de sufrir. Nosotras pasamos un duelo, el hombre suele pasar página, puede entablar otra relación, a lo mejor otra “relación clavo” como yo las llamo en el libro, efímera, pero se aferra al clavo ardiendo. Nosotras estamos entregadas al dolor. No tenemos cabeza para otro. Una mujer que pasa un duelo, tiende a hacerse invisible. Por supuesto no es para todos igual, pero el hombre tiene una cosa más práctica, más cómoda. Nosotras nos detenemos en los detalles, rumiamos mucho más las cosas.

¿Ha cambiado la manera en que las mujeres sufren al haber más igualdad?
Sin duda. Hay un montón de situaciones en las que las mujeres son más autónomas, pero es como si hubiéramos concentrado otros sufrimientos antiguos debidos a la falta de libertad en el tema amoroso. Y hacemos de ese sufrimiento una bandera. Se constata en la clínica continuamente. Mis pacientes suelen ser mujeres de una gran autonomía económica y una enorme brillantez. Y, sin embargo, tienen un sufrimiento y un enganche que no se explican. Y creo que hay mucho de perplejidad y de exigencia. Volvemos a ese perfeccionismo: yo controlo mi cuerpo, no envejezco, tengo los niños cuando quiero, todo está previsto, controlado, dominado.

¿Cree que influye esta educación que las mujeres hemos recibido, y que las niñas siguen recibiendo, sobre el Príncipe Azul?
Nos han vendido no sólo al Príncipe Azul, sino al Hijo Azul, al Trabajo Azul, las Vacaciones Azules, porque, si no te vas a Birmania de vacaciones, no sirve para nada. Desde el punto de vista psicoanalítico, podríamos decir que el Príncipe Azul es el heredero de la Madre Azul. El ser humano sueña con ser completado, con encontrar una felicidad absoluta, un paraíso terrenal. Y eso se supone que está en manos de la madre. Pero, claro no hay ninguna madre perfecta. Por eso, al principio es muy importante que la madre esté mucho con el bebé y sea la Madre Azul, pero, poco a poco, esa madre irá siendo quien es y tendrá otros intereses, afortunadamente, y se olvidará, y lo hará esperar y lo hará llorar. Entonces, ahí se rompe algo y será el modelo de ruptura del paraíso terrenal que nos va a acompañar toda la vida. La sociedad no inventó al Príncipe Azul, es el heredero de esa madre eterna, infinita, perfecta que todos soñamos y no tenemos.

¿Hay rasgos comunes en las personas que tienen dificultades para hacer un duelo?
Hay dos maneras muy femeninas de clavarse en un duelo sin pasar por él. Una, el engancharse al dolor y al sufrimiento permanentemente. Y la otra engancharse al sentimiento de culpa. Preguntarte, "¿qué fue lo que no hice? ¿Qué tenía que haber hecho?". Una cosa es ser consciente de la responsabilidad, pero otra engancharse a la culpa. Con la culpa también se consigue un escenario en el que no hay agujero, ni estamos solos. Si se supone que todo puedes hacerlo y hacerlo bien, está en tus mano hacerlo bien. Y si no ha salido bien, es por tu culpa. Las dos estrategias están destinadas a no pasar por el dolor. Por la pura pena de lo que se ha perdido.

Habla también de la arrogancia. De una mujer que se hace cargo de los errores del otro, pero en realidad se mueve por la idea de estar por encima del bien y del mal…
Sí. El "no te preocupes que yo me hago cargo de esto, y yo te presto dinero, y yo lo puedo hacer todo sola"… Hay un cierto negocio en esto, en el sentido de que si yo me comporto contigo como una madre, tú te tienes que comportar como un bebé. Y cuando el otro acepta todos esos sacrificios y atenciones, pero hace lo que le da la gana, el arrogante no lo puede entender. "Pero si yo hice todo, con lo lista que soy", o "después de todo lo que yo hice por él"...

Comenta lo importante que es acompañar al otro en su dolor y dice que el miedo al dolor del otro es parecido al miedo al sida, al miedo a contagiarse y a enfermar.
Efectivamente, nos parece que el dolor es contagioso, porque todos tenemos un núcleo de dolor dentro cubierto de capas y capas de éxitos, de estudios, de logros, etc. Y hacemos todo lo que podemos para huir de él. Y a veces la gente tampoco sabe acompañar al que sufre. Es muy difícil saber que lo que tienes que hacer es ponerle una manta y dejarle en el sofá. No hay que decirle “vámonos de compras, que ya verás lo bien que te va a sentar”, por ejemplo. Le viene mejor una sopita caliente y que llore un poco contigo. Cuando alguien está en duelo, necesita hablar y hablar, y las amigas y los familiares tienen que aguantar ese chaparrón una y otra vez. Hay que tener paciencia. Además estamos en una época en la que todos los rituales de dolor se están perdiendo.

¿Cuál cree que es el periodo de tiempo lógico para cerrar un duelo?
Dos años. Por ejemplo, para un matrimonio con hijos que se rompe.

¿Hay personas que nunca pasan el duelo?
Sí, pero el duelo no perdona. Y si esa persona va a un psiquiatra, éste tiende a diagnosticarle una depresión endógena. Pero si uno indaga, puede darse cuenta de que hay duelos no cerrados. ¿Qué es resolver un duelo, cerrarlo? Es encontrarle un lugar en tu vida, en el que te haga el menor daño posible. Es colocarlo, como se colocan las cenizas de un ser querido o la foto de la abuela añorada, en un lugar que te permita seguir viviendo y aceptarlo. Pero si hay un duelo no resuelto, ese dolor aparecerá en otro momento de la vida. Lo hará en forma de depresión, con episodios recurrentes.

¿Y qué importancia tienen los amores que se viven en la adolescencia?¿Cómo pesan en la manera de vivir en pareja después?
Son pasiones efímeras, pero profundas. Sin embargo, cada vez se ven más adolescentes maltratadas. A pesar de todas las campañas de concienciación, se enganchan a relaciones de maltrato. Y creo que eso tiene que ver con varias cosas. Por un lado, hay una enorme permisividad, todo está permitido demasiado pronto, y no estamos preparados para hacernos con una vida sexual y de pareja a los 13, 14 o 15 años. Y hay un exceso de adolescencia. Los adolescentes empiezan a serlo a los 10 años y terminan a los 45.

¿Por qué es más frecuente en las chicas esa disposición “a cualquier precio” para conservar el amor?
Está ligado a la maternidad, como decía antes. Nos guste o no, la cría humana es la más dependiente, con lo cual hace falta alguien dispuesto a olvidarse de sí mismo para poder cuidar al otro. Hay una cierta disposición, lo que no significa que estemos obligadas a ejercerla. Porque no hay tal cosa como el instinto maternal, pero sí una cierta tendencia para olvidarte de ti. Por eso, cuando alguien dice "yo como madre…", puede afirmar cualquier estupidez, que todo el mundo aplaude porque está bien dicho. O ese "yo por mi hija mato". Como yo soy madre, estoy por encima de la ley y hago lo que me parece.

¿Qué deberíamos transmitir a nuestros hijos para no ser el felpudo de su pareja?
Que uno debe estar dispuesto a dar, pero también a recibir. Y que una relación sana es aquella en la que te sientes cómodo.

¿Existe una cierta fantasía con la ruptura en todas las parejas de larga duración?
Es como si uno se perdiera las vacaciones a Birmania. Hay tanta gente que se separa, que parece que uno es tonto. Es fácil pensar: "A lo mejor hay algo interesante que me estoy perdiendo". Pero también hay cierta madurez en reconocer que uno no va a estar siempre en estado de enamoramiento. En la sociedad de lo efímero, las cosas no están hechas para durar, sino para que compres otras que crees que son mejores. Es difícil resistirse. He tenido algún paciente que se preguntaba, "¿pero, por qué me separé? Si mi relación estaba bien".

¿Y existe el amor para toda la vida?
Yo creo que existe la complicidad, el compañerismo, el cariño para toda la vida y el respeto. Y todo eso se puede conjugar y puede ser amor. ¿La pasión para toda la vida? Hay gente que sí la puede tener, pero no son la mayoría de los casos. Y muchas veces la gente que la tiene es a costa de empezar y terminar una relación constantemente, o de relaciones muy conflictivas. Eso es algo que los hombres intentan buscando mujeres más jóvenes, y las mujeres empezamos a hacer a costa de sufrirlo más, porque para una mujer madura no es tan fácil encontrar una pareja como para un hombre. El rango es más estrecho. Al final, un hombre de 50 años puede encontrar perfectamente una mujer de 20 o de 60. Una mujer de 50 tiene un rango entre 45 y 60. Y a ver si el de 45 va a estar interesado. Lo cual es injusto, sin duda, pero es así. Y, claro, a cambio tenemos que estar estupendas y maravillosas, o hacer cosas de gran sacrificio y disponibilidad.