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sábado, abril 25

EXILIADOS o EMIGRANTES, columna de Javier lezaola

 Una nueva columna de mi apreciado escritor y periodista cántabro Javier Lezaola, sobre diferencias que a menudo se confunden.            
      

Primera Página  vía www.diario.es

CONTRAPLANO
¿Exiliados o emigrantes?

Ciertos sectores 'alternativos' deberían explicar por qué llaman inmigrantes a quienes entran en España buscando trabajo y exiliados a quienes salen de España también buscando trabajo.
Emigrante es quien se ve empujado a abandonar su país por falta de oportunidades. Esto es así, independientemente de que ese afectado sea un subsahariano que llega a las costas de Tarifa en una patera o un español que vuela a Berlín con un smartphone y dos másteres.
Si esto es así –que lo es, ¿por qué ciertos sectores alternativos llaman emigrante al subsahariano y exiliado al español? ¿Por qué lo hacen, si exiliado es quien se ve obligado a abandonar su país no por falta de oportunidades, sino por motivos de persecución política? Esos sectores alternativos aseguran que lo hacen para evidenciar que lo que empuja al español a emigrar tiene causas políticas –que las tiene–, al ser atribuible –que lo es– al sistema y al régimen.
Pero a este respecto conviene hacer unas cuantas puntualizaciones, entre otras cosas porque lo que empuja al subsahariano a subirse a una patera también tiene causas políticas, y sin embargo al subsahariano no le llaman exiliado.
Considerar exiliado a uno sí y a otro no –exiliado al español y emigrante al subsahariano– es clasista y además entorpece la denuncia de las causas que empujan a emigrar, sea en avión o en patera.
Considerar exiliado a todo emigrante –al español y al subsahariano– sería menos clasista, pero sería igual de injusto, porque supondría ignorar las diferencias que existen entre la emigración y el exilio. Que la falta de oportunidades que empuja a la emigración –al subsahariano que llega a Tarifa en patera, al español que vuela a Berlín o al abuelo de éste, que hace cinco décadas también llegó a Berlín, aunque en ferrocarril, con una maleta de cartón atada con una cuerda y un bocadillo envuelto en papel de estraza– tenga causas políticas no convierte al emigrante en un exiliado y confundir ambas realidades impide la denuncia del motivo que obliga a exiliarse –a exiliarse de verdad–, que no es otro que la persecución política.
Colaborar en que cada vez más gente joven confunda emigración y exilio es injusto, pero sobre todo es muy peligroso.
La emigración y el exilio son realidades distintas, pero no porque la primera sea menos digna ni menos dura –hay tanto emigrantes como exiliados que viven de forma más o menos confortable, lo mismo que hay tanto emigrantes como exiliados que viven en condiciones prácticamente infrahumanas– ni siquiera menos denunciable que el segundo, sino porque el emigrante se va –empujado por la falta de oportunidades, pero se va– y al exiliado lo echan, en el sentido de que no le queda más remedio que abandonar su país si quiere conservar su vida o su libertad. Y –otra gran diferencia– el exiliado no podrá regresar a su país ni siquiera de visita o de vacaciones mientras dure esa amenaza contra su vida y su libertad.
La condición de exiliado no la da el color de la piel ni la procedencia geográfica ni el mayor nivel académico, intelectual o cultural, sino la persecución política que obliga al afectado a abandonar su país para instalarse en otro.
Ciertos sectores alternativos deberían explicar por qué insisten en llamar inmigrantes a quienes entran en España buscando trabajo y exiliados a quienes salen de España también buscando trabajo. Porque lo que busca el español que vuela a Berlín con su smartphone y sus dos másteres no es asilo político, sino trabajo. Esos sectores alternativos deberían explicar también cómo podría alguien exiliarse –exiliarse de verdad– en países como la Alemania de Merkel, si ellos mismos señalan a la canciller germana como una de los principales responsables de que ese español se vea empujado a tomar un avión con destino a Berlín.

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