Palmera

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Palmera con Peñón

martes, mayo 5

ADIOS MAMÁ febrero1936- mayo2015




Mi madre María Virginia Mataix Scasso. Foto a los 18 años y a los 76 años.




Llamaron a las diez y pico de la noche de la comisaría de Sarriá. El jefe de servicio de los Mossos de Scuadra me comunicó con tacto y delicadeza que habían encontrado muerta a mi madre sentada en el sofá, arropada con una manta. Un paciente de ella Ricard se alarmó porque ella no contestaba   al teléfono ni al timbre de la puerta. La policía acudió con un médico forense, forzaron la cerradura y no dejaron entrar a unos cuantos amigos que se concentraban en el rellano de la entreplanta. El hornillo eléctrico donde cocinaba sostenía un pequeño cazo ennegrecido con un muslo de pollo que seguramente estaba preparando para cenar o comer. Quién sabe. El médico ordenó la recogida del cadáver y transportarlo al instituto anatómico forense para practicarla una autopsia al no poder precisar las causas de su muerte. También recogieron las llaves de su casa y el DNI. Por tanto , al ser su única hija en vida, me correspondía por procedimiento legal, en este caso, ser yo la que tuviera que trasladarme a Barcelona desde Valencia y recoger sus pertenencias. Poco después mi teléfono no paro de sonar. La policía, las funerarias, algunos amigos de mi madre y el juzgado de instrucción número 11 para notificarme el número de diligencia e itinerario a seguir de manera fría burocrática. Mi tía, su única hermana me ofreció acompañarme. Mi tía Marisa. La que siempre estuvo, la que suplió en tantas ocasiones a mi madre. Porque mi madre no tenía por costumbre acudir a los entierros de nadie, ni a los hospitales . Tenía pavor a la medicina ortodoxa por su creencia a pies juntillas en el Seitai, una práctica y teoría de medicina alternativa japonesa. En los dos últimos años había mezclado el zen con la fe en la Virgen de Lourdes y la religión católica. Solía visitar el pueblo francés y la gruta que cobijaba la efigie de la virgen. Diez meses atrás había sufrido un infarto por no cuidarse una diabetes propia de la edad. Tan sencillo como que se negaba a seguir una pauta médica porque creía fielmente en que el cuerpo se curaba solo. Si a eso, le añadimos que se enemistaba con cualquier médico y que le soliviantaba su propia condición humana de poder padecer límites físicos y enfermedades, obtenemos a una mujer bastante peculiar. Quizás demasiado frágil. No por su edad odiaba la medicina convencional. Desde pequeña sentía aversión por los médicos. Su fe, en los dos últimos años estaba situada en las energías de la pseudociencia japonesa, con los círculos de oración, los viajes a Lourdes, rezar el rosario y conferencias de la hija de Isabel Preysler, Támara. Impensable de una mujer con una cultura literaria extraordinaria, exquisita y de autores desconocidos por una gran mayoría.
Mi tía y yo en el tren, de camino a Barcelona, nerviosas, prometiéndonos que sería el último trago amargo de despedida juntas y sabiendo que lo habíamos hablado en numerosas ocasiones. ¿Cómo haríamos cuando mi madre falleciera? Al fin y al cabo , como señaló mi prima Fuencisla se trataba de una crónica anunciada.
Mi madre tenía en su diminuto apartamento todo dispuesto en carpetas, a la vista. Se había preparado para morir. A lo largo de su última semana había podido hablar con ella por teléfono. Desde el lunes hasta el viernes o el sábado ¿Quién sabe? su voz era tenue , le dolía el pecho y vomitaba, pero ella erre que erre, solo se dejaba hacer yuki y pedir oración. Ni siquiera hizo caso de la dulce cuidadora boliviana que andaba alarmada por la palidez de su rostro y su malestar físico que pronosticaba un infarto de larga duración. No pudímos convencerla.  Mi madre quería morir, irse con su hijo, con su abuelita o aquella virgen que la sostuvo y consoló como la madre que buscó durante toda su vida. Prefirió irse a un más allá  dulce, sin tubos, sueros, pasillos asépticos de hospital y detener, quien sabe, un mundo interno hostil. 
Cuando atravesamos el umbral de la puerta de su dormitorio vimos un pequeño baúl. Sobre él, una estatua mediana de la virgen de Lourdes con varios rosarios de colores colgando, una foto de su maestra japonesa y una foto de mi hermano Santi, muerto en 1994 y al que mi madre no pudo olvidar nunca. Descansa en Paz, mamá.

















 


2 comentarios:

  1. Supongo, amiga Virginia, que el cariño y el abrazo de los cercanos te habrá llegado por otras vías que no son estos comentarios. Así que dejando pasar esos días de privacidad interior que creo imprescindibles en estos casos, te mando desde Tenerife un abrazo fuerte y reitero las gracias por tus escritos que aunque no comente, sigo con avidez...

    Ya comentaremos de política, aquí también cambió el viento un poquito...

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  2. Huy, Cepero. No sabes como agradezco comentarios como este. Duros momentos, sí. Encajar su adiós y las ráfagas de mis recuerdos con ella está siendo azaroso.
    De política, decirte que estoy añadiendo artículos de un periodista cántabro que me gusta mucho Javier Lezaola. Hace unos meses mi colaboración con Levante desapareció, de momento. Pero sí, Valencia ha dado un vuelco inesperado.

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