menina      Madrid son esas zapatillas perfectas que sustituyen los tacones tras horas andando, Madrid es ese hombre que te mira desde un portal y no sabes si entra o sale, ese perfume de Thierry Mugler insoportable inmerso en un grupo de muchachas sin distinguir si quizás lo usan todas. Madrid es ese apresurar el paso un lunes de madrugada cuando en los noventa no lo hacías, es ese nacional cacheando a un chico que en los ochenta era un pijo vestido de Cacharel, esos ronquidos en portales, en puerta de bares, en habitaciones de hotel. Es ese sin alma del bocadillo dejado a los pies del mendigo dormido, esos pasos firmes tras cuatro vinos, esa apuesta al 29 en el Casino, ese salir ganando porque nunca juegas y te da lo mismo. Es ese chocolate erecto en los capuchinos o en los gin-tonics, en todos los cócteles aburridos, ese andar con tacones porque has salido de tu manzana, de tu barrio, de tus anhelos dormidos.
Madrid es ese antro al que llamar al timbre para que abran la persiana, es ese disco perdido, esa antología olvidada en un tambalillo. Es vida, arte, miseria, ternura, lascivia, es esa foto sentada en un alféizar mirando a la Gran Vía, es la desnudez de los pasos cansados de quien ya nada aprecia. Es el disfraz del que toma conciencia de la importancia de no ser igual, es esa seguridad burguesa de haber comprado dos paquetes de Marlboro antes de que cerrara el estanco, es un pintalabios rojo que no destaca si no sonríen los ojos, es un mimo mirándote impasible, es una manada de perros bebiendo sedientos del mismo recipiente sucio, es un desfile de vivos y de muertos que a veces se confunden, es un parking oscuro de día y de noche, es un Ismael Serrano en cada esquina del metro, es un trozo de Goya y un espejismo de Baroja, es una nostalgia de lo moderno, una mueca antigua de lo transgresor, un delirio de grandeza, un producto inacabado, un juguete roto y sobrepasado. Madrid es un proyecto de libertad y una nada real, una promesa de sueños bañados en heroína, una promesa que fue mentira.
Madrid es un roto en los vaqueros de marca rancia, una nada en tanto todo, un todo entre tanta nada, un consuelo de provincias, un sonajero que agita mentes débiles, un tibio estímulo a las caricias. Es una masturbación de portal en la madrugada, un “te prometo que sí, pero mañana”, un romántico café que será un Fnac, un trozo de kilómetro cero endeble que desaparece entre pisadas, un emblema que arranca pasiones con marca de refresco, una habitación donde se quedaron tantos condones a falta de besos, una puesta de sol que no tiene mar, un tirar pa´lante que los pies nos arden, un andén que ya nunca será el mismo, un oso cuyo madroño ya no tiene quien le escriba, un tono chulo que ya no pega porque las faldas no tienen vuelo, una lluvia de lágrimas que nunca llega a Serrano, unas caricias que huelen a cerrado, gritos de discoteca, luces de multinacionales, carreteras que a todos sitios llegan bostezando, churros a los que algunos empiezan a poner canela. Un barrio tras otro, gritos de “aquí siempre hemos estado”, una soledad inmensa, unos adoquines llenos de mierda, reflejo de mi silueta en el escaparate de la Casa del Libro, rugir de deseos, un brote contagioso de Meninas, las de Velázquez y las que se salen del cuadro para irse de copas en la novela de Manuel Hidalgo.
Madrid ya no es punk.