Palmera

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Palmera con Peñón

sábado, diciembre 10

Diálogos de Besugos.


   Se complicó. A mí me sucede aún más desde que existe el móvil y el Whats App. No puedes ver la cara del interlocutor, los gestos,  lo tienes que imaginar o interpretar. No estás siempre del mismo humor, ánimo y la sensación es, que con los móviles y redes sociales el tiempo es elástico, no hay límites de nada y puedes mandar lo primero que se te venga a la cabeza sin saber si el receptor estará haciendo algo o  en su propio mundo.
 Por ejemplo, creí que teniendo abierto el whatsapp todo el día podría contestar a todos mis contactos, que siendo muy pocos y de personas muy íntimas, no serían demasiados mensajes. Total, te mandan de todo, fotos suyas, de la familia, de las vacaciones de su prima, de un artículo, frases de libros de autoayuda, de la defunción de alguien....me sentía impelida a contestar y a ser amable con cada una de mis amigas. Hasta darme cuenta que ni soy del agrado de todo el mundo, ni a mí me cae bien todo el mundo.
  Un desastre. Terminé confundiendo relatos de una con el  de otra y se me jorobó un hombro.
 El lío descomunal se enredó más a medida que una servidora intentaba seguir una conversación lógica y esto era imposible, a saber, yo preguntaba ¿Cuándo podrás venir? y dos horas más tarde me contestaba que tenía una pierna muy dolida y le había subido la tensión...podría haber dicho: No puedo ir y ya está.
 Más adelante terminé escribiendo monólogos prolijos con demasiados adjetivos, a lo cual me replicaban con monigotes llamados emoticonos. O sea , una moderna manera de llamarme petarda.
 Ante la imposibilidad de concretar nada , cansada de mis propios monólogos sin emoticonos, tiré el móvil por la ventana antes de llegar a mayores problemas mentales. Fue un arranque visceral, sin más.
 Y fui más feliz. Salí a la calle. Me dije a mí misma, lo de la edad y el hartazgo de las nuevas formas de comunicación ( diría incomunicación)  y que más vale cara a cara, que dejarte las pestañas en el móvil, con el antiguo te apañas y con el de la tienda de comestibles te entiendes a la perfección, a pesar de que sea marroquí y no domine el castellano.
  Por tanto, me evité un gran problema en mi vida cotidiana y volví al viejo truco de una llamada corta y simple por teléfono para concretar. Es así como pude mirar a las personas de mi barrio o del centro y entablar cualquier conversación con alguien de carne y hueso, sin malos entendidos, ni suspicacias, ni diálogos de Tip y Coll venidos a menos.

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